martes, 1 de octubre de 2013

Alejandro Pacello - "Luar"

Para terminar con la línea de jazz por unas semanas, les traigo hoy un disco de un artista de mi país, Uruguay, que me ha dejado boquiabierto.

El guitarrista Alejandro Pacello es de aquellos que no pueden encasillarse en un estilo. Es verdad, su base es de jazz. Eso es incuestionable. Pero al tratarse de un músico de estos últimos años y viviendo un ambiente donde ya han sucedido muchísimas cosas, es más fácil extender el lenguaje hacia varios territorios. Y por suerte lo hace.

Se podría decir que la música de Pacello parte del jazz fusión, teniendo como referentes a Allan Holdsworth, John McLaughlin, John Abercrombie, Scott Henderson, etc. O sea, aquel jazz fusión donde el jazz predomina más que el rock y que contiene poco y nada de funk como Weather Report o los trabajos de Herbie Hancock.

Aquí es donde podemos notar la genialidad guitarrística, donde utiliza un lenguaje que tira más al jazz que al rock, pero que, debido al sonido crudo y distorsionado, lleva a este último de la mano. No es tanto el lenguaje lo que sorprende. Es muy bueno y de verdad lo domina, pero es esa dicotomía que hay con el timbre eléctrico cuasi garage rock que le da el verdadero gusto.

Sin embargo, y por suerte, no se queda solamente en estos territorios. En la música de este artista también nos encontramos con un lado acústico y es aquí donde se vuelve más rica la cosa.

Pacello tiene un dominio de la guitarra acústica excelente, con una técnica clásica que no tiene que envidiarle a otros grandes. Aquí nos podemos encontrar con ambientes calmos y meditativos, así como otros con mayor euforia y energía. A su vez, estos ambientes también están condicionados por diversos enfoques, ya que hay momentos en los que no se deja de lado el lenguaje de jazz más clásico, acercándose a los trabajos solista de Joe Pass, otros en los que se puede escuchar un estilo más cercano al sello de la ECM, teniendo a Ralph Towner como referencia, e incluso momentos en los que una especie de folk new age logra vida a través de las cuerdas de su guitarra.

Algo interesante es que, a diferencia de una larga tradición en Uruguay, no hay ni un asomo de candombe pero sin embargo suena uruguayo.

 En muchísimos conjuntos de jazz del Uruguay, hay un enorme uso de candombe y esto se ha vuelto, por mi parte, cansador. Como principio, o sea, el tener un lenguaje que pertenezca a la identidad de uno, me parece genial y super respetable. Pero el problema es que (y esto para TODA la música), si uno no incluye candombe, carnaval, milonga o el género de raíz nacional que sea, entonces no es uruguayo, lo cual obviamente es una estupidez. Pero a su vez, esta gran mayoría resuelve las cosas de la misma manera. Algunos serán más minuciosos que otros, pero al final, todo suena parecido. No igual, pero sí muy parecido. Salen nuevos discos y nuevos temas, pero ya los he escuchado millones de veces. Me parece genial incorporar esas tradiciones al jazz o al género que sea, pero el método con el que se los incluye está oxidado y no da para más.

“Luar”, lanzado en el 2012, es el 2do trabajo discográfico de Alejandro Pacello, siendo el primero “Trio” lanzado hace ya varios años, allá por el 2000.

En el interior del disco, nos encontramos con una frase escrita por el mismo guitarrista que dice: “Este trabajo intenta tender un puente entre dos universos musicales: por un lado las piezas para guitarra sola, la música escrita y la guitarra clásica, y por otro el jazz fusión, la improvisación y la guitarra eléctrica”.

Aunque esto no es tan equitativo como suena, ya que hay una clara predominancia de la guitarra clásica solista y aún más de la “música escrita”, es lo que sucede en este disco.

Nos encontramos con temas en los que Pacello toca en solitario su guitarra clásica, viajando por diferentes paisajes y estados de ánimo, temas en los que aún hay guitarra clásica y partitura pero acompañado de banda y temas totalmente electrificados donde la improvisación y la energía están en el volante.

Para este disco, Pacello contó con la presencia de Martín Cruz (batería) y Andres Pigatto (contrabajo) en “Jazz Sonatina” y  “Hacia otro lugar” y con Cruz y Nacho Correa (bajo eléctrico) en “Montevideo a media noche”.

Debido a su clima predominantemente acústico solista, es un disco muy entrañable y meditativo. Claro, obviamente que en los temas en donde nos topamos con la energía e improvisación no, pero son pocos los casos.

El disco abre con “El regreso de Fiticus”. Creo que si me hubieran dado a mí para elegir el orden de los temas, habría puesto este como el primero también. Es un tema solista de gran energía; una especia de aventura donde algo nos acecha, con un ritmo tensor y una progresión armónica y arreglos que poco tienen que envidiarle a piezas clásicas de la índole de Abel Carlevaro, que sin duda es una influencia de este guitarrista. Técnicamente es destacable, logrando una especia de doble guitarra con un bajo rítmico tocado con el pulgar mientras los demás dedos hacen la especie de melodía. Esto puede hacer recordar a la técnica de Bruce Cockburn. Sin embargo, estilísticamente, se encuentra en un ambiente enérgico y progresivo que a los pocos segundos se asocia con Egberto Gismonti. Es tal vez la joya del disco.

“Una mujer en la playa” nos lleva al lado de jazz acústico más tradicional. Rápidamente se nos vienen a la cabeza varios nombres: Joe Pass, Pat Metheny, John Abercrombie y Bill Connors en su faceta acústica y más que nada Ralph Towner, entre otros. Es un tema super tranquilo, contemplativo y bello, cargado de detalles, donde se plasma perfectamente la música escrita con el jazz. Destaco el detalle de cambio armónico mediante un desliz en el traste de la guitarra en lo que vendría a ser el estribillo de la canción (apareciendo por primera vez en el segundo 24). También es muy interesante el cambio que sucede por el minuto 3, llevándonos a un lugar más oscuro y tenebroso que recuerda mucho a los hermosos paisajes del disco “Characters” de John Abercrombie (una enorme gema del jazz acústico).

“Atardecer” es la más tranquila, evocando el tal vez paisaje más bello del disco (tomando la definición más clásica de paisaje bello). Basada en un arpegio que sufre ciertas variaciones a lo largo de la canción, cuenta con grandes detalles sin llegar al virtuosismo que podíamos encontrar en los temas previos. Podría denominarse como una canción folk new age de buena calidad, recordando a las grabaciones de guitarra solista de los discos de la discográfica Windham Hill, en especial las de William Ackerman. Aun así, y por suerte, no llega a los niveles de ternura barata de varias de estas grabaciones. Está en el punto preciso.

“Janaina” es la última acústica solista antes de pasar al formato de banda. Aquí nos encontramos con otro enfoque. Nos alejamos del jazz, folk y todo lo anterior y nos vemos en un mundo neo-romántico académico que recuerda a aquellos compositores de guitarra clásica, como Mario Castelnuovo-Tedesco y Alexandre Tansman, que en el siglo XX adoptaron el lenguaje musical neoclasicista que tanto tocó el conocido Andrés Segovia (al cual le tengo enorme repudio por haber atrasado por largo tiempo el repertorio de la guitarra clásica por haber sido un asqueroso clasicista autoritario, ya que era casi que el único guitarrista conocido de esa época, y no querer tocar absolutamente ninguna pieza de compositores contemporáneos de aquel entonces que presentaban un lenguaje más innovador. Gracias a Dios apareció Leo Brouwer y cambió toda esa situación).

Ahora nos encontramos con “Jazz Sonatina”, una sonatina de 3 movimientos compuesta por el compositor serbio Dusan Bogdanovic para guitarra solista y arreglada para trío por Pacello para los movimientos I y III.  Por un lado puramente objetivo, la pieza (y con esto me refiero a lo creado por Bogdanovic) no tiene gran valor. No hay ningún planteamiento armónico que llame la atención, mucho menos la construcción, que se basa en un modelo clásico que se viene utilizando desde hace siglos. Técnicamente, tampoco introduce nada nuevo. A su vez, la mezcla de música clásica con otros lenguajes como el jazz no es nada innovador. Básicamente, es una pieza que podría saltearse o incluso faltar en el repertorio musical. Por el lado subjetivo, es una pieza con energía a imaginación y con varios cambios de ánimo manteniéndose siempre en un mismo paisaje. En lo personal, me gusta. Pero acá lo interesante es el arreglo. No es nada arriesgado en sí. No es como la adaptación de “Bourée” de Bach a banda de rock por Jethro Tull u otras composiciones barrocas para banda de heavy metal (algo que es tan asqueroso y terraja como las mismas guitarras que usan los que tocan esa música. Amigos, hay cosas que funcionan y otras que no, y no sé en qué dimensión, galaxia o universo encontraron esa combinación como respuesta a sus ansias de tocar música...). Por tratarse de una sonatina con enorme uso de un lenguaje de jazz, adaptarla a un trío de esa índole no parecería descabellado. Pero fue Pacello quien lo hizo y es una idea genial y funciona perfectamente. Vale la pena apreciar los arreglos logrados para esta pieza musical.

A esto le sigue “Hacia otro lugar”, el primer tema donde aparece la guitarra eléctrica. Basada en el tercer movimiento de la Sonatina, nos encontramos con un jazz fusión con gran energía y enorme destreza técnica. Aquí podemos notar el sonido rockero de este guitarrista que, manteniendo un lenguaje puramente jazzístico, logra ensuciar todo con alta distorsión y shredings rapidísimos. No hay que dejar de lado los aportes del baterista Martin Cruz quien logra mantener el ritmo sin dejar de lado los pequeños detalles.

“Montevideo a media noche” es el tema puramente eléctrico, ya que, además de la guitarra eléctrica, nos encontramos con el bajo eléctrico de Nacho Correa. Este debe ser el tema que está más apartado del resto del disco, pues, por más que el tema anterior fuera con guitarra eléctrica y con un lenguaje de jazz fusión, el resto de los instrumentos era acústico y se trataba de una especie de variación de la sonatina. Tal vez este sea el único caso en donde el género sea más cercano al de otros temas del repertorio uruguayo, sobre todo por el ritmo proporcionado por la batería. Aun así, esto es leve. Aquí podemos escuchar fuertes evidencias de Allan Holdsworth en sus trabajos que empezaron a  finales de los ’80 y los trabajos de los últimos años de John McLaughlin. Lo interesante es que, aunque sea puramente eléctrico, no es un tema que llegue a un nivel energético tan grande. Nuevamente los solos de guitarra de Pacello son sorprendentes, haciendo gritar a la guitarra con un nivel preciso de distorsión. Por mi parte, me habría gustado que el bajista en este tema, y también en el anterior, hubieran tenido una participación con mayor presencia. Algún solo o tal vez un momento puramente rítmico. Aun así, destaco las participaciones por parte de Correa, con un aire funky super rítmico que no caen en el típico tributo a Jaco Pastorius, logrando líneas muy cantables.

“Joaquín” despide el disco como debía serlo: un tema acústico solista. Es muy bello, gentil y super entrañable que en cierta forma deja un sentimiento de tristeza por tratarse del final de este álbum. Sin embargo, nos despide de una gran forma, con ambientes nocturnos y misteriosos que desembocan en una melodía amistosa que le dibujan una sonrisa al oyente. Es de esas canciones que uno podría escuchar para despedir la noche cuando se encuentra en las afueras de la ciudad.

“Luar” nos presenta un abanico de estilos que toman como punto de partida el jazz, pero que pronto sacan raíces hacia otros campos. Es imposible catalogar de forma adecuada a este disco porque hay más de un mundo viviendo al mismo tiempo. Ponerle la etiqueta de “jazz” es lo más fácil y evidente, pero quiero dejar en claro que esto lo hago simplemente para dar una idea y sin duda no merece etiqueta.

Es un disco interesante porque nos transporta a un universo muy rico en tan solo 36 minutos. Son 36 minutos de arreglos exquisitos, paisajes diversos muy bien pintado y de una fineza musical enorme. Es un disco muy bien trabajo pero careciente de pretensión.

A su vez, lo destacó por tratarse de algo diferente. Tal vez no tanto a nivel internacional, aunque podría incluirse tranquilamente en un catálogo de la discográfica ECM, cuyo sonido se asemeja mucho al de este disco, y no pasar desapercibido en absoluto (y mucho menos envidiarle algo a otros discos). Pero sí a nivel nacional. Hasta ahora no había escuchado una propuesta de este estilo en el campo del jazz uruguayo y sin duda me da mucha alegría que alguien como este gran guitarrista se tome el riesgo de aventurarse por estos territorios tan poco explorados en el jazz nacional.

2 párrafos atrás decía que la etiqueta de jazz no describe todo lo logrado en este disco. Yo diría que la indicada es “música”…..y de la buena!





Aquí les dejo el Soundcloud de este artista donde podrán escuchar algunos de sus temas y samples de otros, y dónde podrán comunicarse con él si tienen ganas de adquirir su disco, que esperemos que así sea (al menos es mi recomendación...): https://soundcloud.com/alejandro-pacello

También les dejo su MySpace: https://myspace.com/alejandropacello/music/songs







HASTA LA PRÓXIMA!!!!


lunes, 16 de septiembre de 2013

Avishai Cohen with Nitai Hershkovits - "Duende"

Siguiendo con la línea del jazz, hoy les traigo un artista que se ha vuelto de mis preferidos de las más jóvenes generaciones de jazz de hoy en día.

Avishai Cohen es un contrabajista y muchas veces bajista eléctrico nacido en Israel. Luego de terminar sus estudios de secundaria, se mudó a New York donde estudió música en el Mannes College The New School for Music. Aunque la vida en esos primeros años no fue fácil, teniendo que trabajar de obrero en construcciones y tocar en la calle para ganarse alguna moneda, un tiempo después fue invitado por Danilo Perez a formar parte de su trio. Sin embargo, lo mejor sucedería cuando el mismísimo Chick Corea lo invitara a formar parte de su entonces nuevo sexteto llamado Origin. Gracias a esto, lanzó 4 álbumes solista en el sello de Corea. Ya por el 2003, cuando se encontraba tocando con Corea en formato de trío, decidió regresar a Tel Aviv e iniciar su propio sello discográfico, Razdaz Recordz, en el cual ha lanzado varios álbumes desde entonces.

La música de Cohen tiene un lenguaje muy particular. Partiendo de una base jazzera, rápidamente nos encontramos con influencias de medio oriente, Europa del este, flamenco, jazz latino y por supuesto tradiciones israelíes (aunque son menos evidentes que en el disco de Metheny y Zorn). En ningún momento deja de lado estas influencias. Nunca llega a un lenguaje puramente jazzístico.

Como es típico en las nuevas generaciones de jazzeros, como Brad Mehldau, la armonía se aleja bastante de la tradición del jazz, tomando de ella, más que nada, el ritmo y por supuesto la improvisación.

Hay 2 aspectos que caracterizan la música de Cohen, haciéndola fácilmente identificable.

Por un lado, la forma de tocar el contrabajo. Es un toque muy percusivo y super rítmico, con líneas que generan un gran contrapunto con los demás instrumentos y que, en vez de hacer un walking bass, hace líneas puramente melódicas que cambian la armonía constantemente. Es interesante porque generalmente no es la percusión la que da el ritmo, sino el contrabajo.

Por otro lado, viniendo de la mano con lo anterior, los pianos, siempre con un toque bastante clásico-romántico y manejando un lenguaje de las influencias que mencioné previamente, acompañan con motivos que se transponen junto a ese constante cambio armónico.

La música de Cohen tiene un carácter profundo. Rara vez queda en temáticas que no despierten un espíritu contemplador y filosófico. Siempre hay alguna historia o pensamiento en el relato musical. Es una música que evoca sentimientos más que sensaciones.

Algo interesante es la estructura de las canciones. En gran cantidad de casos hay un pensamiento más bien vertical que horizontal (en términos musicales, refiriéndose a una partitura). Con esto me refiero a que generalmente la música de Cohen se preocupa más por los cambios armónicos, los acordes que se forman y como se conectan entre ellos, más que por la melodía. Esto hace que la banda funcione como un bloque, como un todo. Cuando hay una melodía, es con un pensamiento más cercano al riff. Esto, a su vez, hace que la improvisación, en muchos casos, tenga una identidad muy particular, ya que varias veces se tratan de pequeñas improvisaciones con pocas notas, como si fueran pequeños pasajes.

El disco que les traigo hoy se titula “Duende”, lanzado en Mayo del 2012. Es un disco especial para Cohen, pues es de dúos entre contrabajo y piano. Quien lo acompaña es Nitai Hershkovits.

Debido a la escasez instrumental, el disco es muy personal y por ende bastante más contemplativo que los demás. Sin embargo, esta escasez no es razón para bajar la energía y nos encontramos con ritmos potentes como los suelen ser en la música de Cohen.

Como gran melómano, soy de tener ciertos momentos para escuchar ciertos tipos de música. El jazz generalmente lo prefiero escuchar de noche. Y en este caso, siendo tranquilo, diría que es para una buena noche de lluvia a oscuras. Es algo subjetivo y sin valor en realidad, pero entre melómanos nos entendemos.

En este disco, Cohen se ha tomado el trabajo de llevar ambas concepciones musicales a un extremo.

Por un lado, nos encontramos con canciones super estructuradas con enorme cantidad de detalles.

Aunque nunca hay modulación armónica (es decir, pasar de una tonalidad a otra), la armonía es muy rica ya que, como siempre, se encuentra en constante cambio. Gracias a esto, las melodías de carácter minimalista se ven enriquecidas, ya que cambian su personalidad en cada momento dependiendo del acompañamiento y finalmente las melodías parecen ser más largas de lo que realmente son a pesar de su carácter cuasi-repetitivo.

Los temas, en su mayoría, no parecen tener una estructura típica de jazz, con su introducción, improvisación y vuelta al tema o trabajo en conjunto. Parecen ser piezas escritas, de partitura, donde todo fue pensado y arreglado previamente. Sin duda hay improvisación, pero en la escucha, parecería que en el trabajo previo a la grabación se hubieran establecido las reglas para la misma.

También es muy rico el juego instrumental. Siendo solo 2 instrumentos, las posibilidades de juego tímbrico y contrastes es más difícil, pero aquí, Cohen y Hershkovits explotan las posibilidades instrumentales y la combinación al máximo.

El piano vive en un eterno baile de arpegios, acordes, melodías, pasajes con mayor concentración en lo rítmico que lo melódico y con grandes contrastes de dinámica, saltando de algo super suave a algo fuerte repentinamente. Y es este baile que crea unas participaciones pianísticas muy personales, porque rara vez algo es puramente arpegiado o puramente acórdico. Siempre es una combinación.

Si el piano es quien le da los colores a estos paisajes, es el contrabajo quien le da el dinamismo y carácter. Sus participaciones siempre son las que marcan la personalidad del tema. Nos podemos encontrar con contrabajos tocados con arco de forma muy sutil y suave, dándole un sonido más puro y de reflexión al tema. También hay contrabajos tocados a dedo, dándonos un poco más de movimiento y solos de gran calidad. Y finalmente tenemos aquellos punteos agresivos cercanos al slap que le dan a los temas la energía suficiente para olvidarse de que no hay batería.

Aunque son variados, hay un ambiente homogéneo y un punto de partida en común. Sin embargo, vale destacar ciertos temas que caracterizan al disco.

El disco abre con “Signature”, careciente de improvisación y minuciosamente armado. Cuenta con enorme cantidad de detalles. Al principio nos encontramos con una entrada muy cantábile, cuasi flotante y en constante cambio armónico que de a poco se transforma en algo super rítmico gracias al contrabajo, volviendo finalmente a algo como el comienzo. Una perfecta introducción para lo que nos espera en lo que sigue del disco.

“Criss Cross” es la que tiene un lenguaje de jazz más clásico. Pero lo interesante es que este paisaje claramente influenciado por Thelonious Monk está pintado con un aire italianesco, dándole un toque muy bello. Algo que llama la atención: Cohen haciendo un walking-bass, algo que raramente hace. A su vez, gracias a la instrumentación y el aire del tema, recuerda mucho a los trabajos más tradicionales de Ron Carter.

“Soof” es un ejemplo perfecto de lo que hablaba anteriormente acerca de la melodía. Aquí claramente se puede notar como la melodía superior (la aguda) es bastante minimalista y no hace grandes saltos pero gracias al constante cambio armónico y luego del bajo a un estilo de bajo continuo de estilo barroco, esta parecería ser más móvil de lo que de verdad es. Lo interesante es que los acordes de a poco se van transformando en ese bajo continuo y este, finalmente, toma el rol de la voz principal. Un ejemplo excelente del trabajo realizado por el dúo. Aquí se notan claramente las influencias clásicas más cercanas al barroco pintadas con armonías y ritmos de medio oriente.

“All of You” es la alegre y divertida del disco, con un lenguaje más cercano al bebop y con toques de hard-bop, aunque cerca del final nos lleva a los paisajes típicos de Cohen. Es jazz del más puro lleno de improvisaciones excelentes. Aquí es el piano quien se lleva todos los premios, aunque hay que destacar la comunicación entre ambos instrumentos.

El disco cierra con “Ballad for an Unborn”. Como lo dice el título, es una balada y como tal tranquila. Igual va por un lado introspectivo y filosófico más que de tranquilidad o algún sentimiento banal. Aquí solo participa el piano. Es un tema muy bello que resume de excelente manera lo generado en todo lo anterior.

Estilísticamente no es un disco novedoso. Es actual sin lugar a dudas, ya que el sonido y estilo de composición es el que está sucediendo hoy en día por parte de las generaciones más recientes del jazz como Brad Mehldau, Mathias Eick y otros, donde las armonías de jazz son de a poco sustituidas con las de otros estilos musicales populares, sobre todo del rock alternativo.

La magia y originalidad de la música de Cohen es el ritmo, el constante cambio armónico y el detallismo. En este disco todo eso se encuentra presente pero llevado a su apogeo, sobre todo por el gran trabajo de los arreglos, tornando los temas en composiciones de partitura prácticamente.

“Duende” es otro trabajo discográfico que demuestra que Avishai Cohen es de las voces más originales e interesantes del jazz actual, tal vez aún no reconocida lo suficiente.





Aquí les dejo para que puedan escuchar el disco entero: http://www.youtube.com/watch?v=XG-81iAjGEk&list=PLED1FC791D4F6660E






HASTA LA SEMANA QUE VIENE!!!!!




miércoles, 4 de septiembre de 2013

Pat Metheny - “Tap: John Zorn’s Book of Angels, Vol.20”

Dejando de lado el rock, en las próximas semanas estaré escribiendo sobre discos de jazz y estilos adyacentes. Y hoy empiezo con ello.

El disco que les traigo esta vez es la unión entre 2 de los mayores genios musicales de estos tiempos desde décadas atrás. Son 2 de esos artistas que no pueden ser encasillados estrictamente dentro de una categoría y que año a año demuestran evolucionar y explorar nuevos territorios: Pat Metheny y John Zorn.

Pat Metheny, de los 2, es el menos heterogéneo,  pero esta afirmación va solo por el lado de la comparación, pues el mundo de Metheny es inmenso.

Desde sus inicios como guitarrista en la banda de Gary Burton, se inclinó hacia el jazz. Sin embargo, ya en sus primeros discos fue mostrando otras influencias, como el folk, rock, influencias latinas, etc.

Varios discos como “Pat Metheny Group”, “Offramp”, “The Way Up”, etc, nos dan a conocer su lado jazzístico.
Discos como “New Chautauqua”, su obra maestra a mi consideración y a su vez uno de los mayores logros de la música popular, nos muestra un Metheny en busca de ambientes y paisajes sonoros pintados con aires de jazz, folk y algo de new age de los ’70.

Luego nos encontramos con otros como “Secret Story” o “Imaginary Day” donde el género es bastante indefinible debido a la enorme mezcla de lenguajes musicales, llegando a incluirse tradiciones folklóricas asiáticas muy lejanas a la cultura anglosajona.

Pero también tenemos un Metheny super experimental en varios temas de su disco “Quartet” junto su clásico grupo Pat Metheny Group, en el cual siempre ha participado el excelente tecladista Lyle Mays, el mayor colaborador de Metheny, y más que nada en “Zero Tolerance for Silence”, 5 temas de superposiciones contrapuntísticas de guitarras eléctricas con gran distorsión que logran un ambiente sucio y pesado, llegando al noise rock más salvaje y demente que uno podría escuchar. Y hay varias caras más.

Como guitarrista, es, a mi consideración, el mejor desde su aparición. Conozco varios guitarristas. Algunos llegan a un virtuosismo inigualable. Otros llegan a un nivel melódico que pareciera que cantarán. Pero muy pocos, MUY POCOS, llegan a combinar ambas de forma precisa. Metheny es de esos poquitísimos guitarristas que logran tener un virtuosismo técnico único y que a su vez llegan a un desarrollo melódico impresionante. Canciones como “New Chautauqua” tienen un nivel técnico que pocos podrían igualar pero a su vez son solos que pueden cantarse. Es literalmente el punto máximo al cual un guitarrista puede llegar. Y les dejo aquí para que lo comprueben: http://www.youtube.com/watch?v=-odr6jeYfo4

John Zorn es de esos hombres que lanzan, lanzan y lanzan música sin parar, en un abanico gigante de estilos musicales. Es como un Frank Zappa.

Sin embargo, la música de Zorn es bastante más arriesgada en cierto sentido. Nunca nos vamos a encontrar con discos como “Sheik Yerbouti” o “Overnite Sensation” de Zappa, discos en los que se puede encontrar rock en un estilo más clásico. Zorn es un experimentador y siempre se ha manejado con lenguajes musicales en donde la experimentación es algo fundamental.

Dentro de su gigantesca discografía, la cual alcanza más de 400 álbumes, nos encontramos con jazz, improvisación libre, rock, heavy metal, hardcore punk, noise rock, klezmer y otras tradiciones judías, música clásico-contemporáneo, música para películas, etc.

Es un hombre inclasificable que salta de una punta a la otra constantemente. Bueno, sin ir más lejos, este hombre nos presentó Masada, una banda que tocaba una mezcla de jazz con klezmer en un ambiente super tonal y bastante accesible y un año antes se encontraba con Naked City, una banda que llevaba la música a su estado de mayor violencia y agresividad, plagada de cambios bruscos en temas que no llegaban al minuto. Aquí les dejo un ejemplo de Masada: http://www.youtube.com/watch?v=fzzt2kCix8c   y aquí uno de Naked City: http://www.youtube.com/watch?v=oXcgg7WC7LI

La historia de este disco empieza años atrás.

Durante la época de Masada, Zorn escribió un libro de unas 200 canciones con influencias de tradición judía. Estas contaban con una melodía y una serie de reglas para seguir la canción, como las tonalidades o modos en las cuales tocar, el tempo y otra serie de reglas, lo cual da la posibilidad de improvisar o de “componer” el resto del tema. Estos temas fueron tocados con la banda en su 1er época.

Para el 2004, Zorn había compuesto unas 300 canciones más, las cuales las incluyó en un segundo libro de Masada titulado “The Book of Angels”. Este segundo libro no ha sido interpretado por la banda sino por diferentes músicos, algunos a pedido de Zorn y otros simplemente le han pedido a este genio que les seleccionara algunos temas para interpretar. Entre estos se encuentran Marc Ribot, Medeski Martin & Wood, Mark Feldman y Ben Goldberg.

Unos meses atrás, mediante una charla via email, Metheny le comentó a Zorn acerca de sus ganas de interpretar algunas de las canciones de este libro. Eran enormes fanáticos uno del otro pero nunca habían trabajado conjuntamente. Metheny creía que podía aportar en esta serie de interpretaciones y Zorn no dudo ni un segundo en aceptar la propuesta e hizo una selección de canciones para el brillante guitarrista.

Metheny comenta que el trabajo empezó a partir de la improvisación, analizando los parámetros de estas canciones y viendo cuales eran las posibilidades musicales e instrumentales que las reglas permitían. La improvisación empezó con el arsenal instrumental que finalmente sería el que utilizaría en el disco: guitarras, sitar, bajo, tiple, teclados, bandoneón, percusión, fliscorno y el sistema orchestrionics que diseñó para su álbum “Orchestrion” (un set de instrumentos controlados mediante medios electrónicos que permite a Metheny tocarlos todos a la vez, algo así como una pianola multi-instrumental). También lo acompaña Antonio Sánchez, increíble baterista con el cual ha colaborado en los últimos 11 años.

En este álbum titulado “Tap: John Zorn’s Book of Angels, Vol.20” y lanzado en Mayo de este año 2013, nos encontramos con 6 de las centenares de canciones de este libro. Debido a que hay una edición lanzada por el sello Nonesuch y otra por el Tzadik (el sello de Zorn), hay 2 arte de tapa diferentes, una para cada sello discográfico.

El álbum es estilísticamente bastante versátil. Aunque hay una gran predominancia de influencias de tradición judía con una base de klezmer y músicas de medio oriente, ya que las melodías e ideas principales de las canciones fueron compuestas por Zorn en esa índole, el álbum va viajando entre ambientes semi-rockeros, acústicos tranquilos, unos tonos jazzeros, un lado algo progresivo y bastante experimentalismo.

Es claro que Metheny adoptó 2 caras musicales. Por un lado, es evidente que en cada canción hay planificación, tanto instrumental como en el desarrollo, ya que en todos los temas podemos notar secciones con conexiones muy bien logradas y arreglos que no suceden por arte de magia. Pero a su vez, siendo un jazzero, hay mucha improvisación. Nos encontramos con excelentes solos de guitarra y otros instrumentos del arsenal de este músico y  participaciones en constante cambio por parte de Antonio Sánchez. Metheny siempre ha sido un maestro de estos 2 caras, que por lo general, deja en duda cuando empieza una y termina la otra (el ejemplo máximo de esto es su obra maestra para su grupo titulada “The Way Up”, una verdadera obra de unos 70 minutos sin parar donde estas 2 caras son llevadas al límite).

El disco abre con “Mastema”. Ya desde el inicio nos damos cuenta de las evidentes influencias de tradición judía. Pero a su vez notamos, por el lado de Zorn, esa deformidad musical, utilizando un compás de 10/16. Por el lado de Metheny, quien es el que eligió el instrumental y le dio forma a esta música, es claro que aquí se aleja de su sonido más jazzero y se acerca a esas influencias de otras tradiciones musicales ajenas a lo anglosajón, influencias que se pudieron escuchar perfectamente en discos como “Secret Story” e “Imaginary Day”. A la vez, el riff que da inicio a la canción recuerda mucho al trabajo de Robert Fripp en los’80 con su String Quintet. Luego de la introducción de la melodía principal, empezamos a escuchar la guitarra improvisada de Metheny con un sonido totalmente ajeno al que estamos acostumbrados. No hay nada de ese sonido de micrófono de puente con un timbre suave con pocos agudos. Acá nos encontramos, en los 2 casos de improvisación, con un Metheny distorsionado y sucio a un punto chirriante y destructivo. Lo interesante es que en cada caso, el sonido de la guitarra es diferente y ambas improvisaciones son muy diferentes. Es que Metheny siempre comenta que detesta usar efectos de guitarra como un simple coloreo del sonido. El usa muy pocos efectos y cada efecto lo piensa como instrumento diferente. La canción a su vez está plagada de detalles que la acercan a algo electrónico experimental, dándole una identidad muy particular.

“Albim” empieza con una guitarra acústica tranquila. El ambiente general del tema es así, más allá de que a los pocos minutos se eleva. Tal vez sea en este tema en donde menos se siente la presencia de Zorn, llevándonos al lado más jazz acústico de Metheny. La batería de escobillas de Antonio Sánchez ayuda mucho a lograrlo. Nuevamente, podemos notar como Metheny tiene un concepto totalmente diferente con la guitarra acústica, ya que sus solos y participaciones son muy distintas a lo anterior, más allá del ambiente generado.

Con “Tharsis” volvemos a ese paisaje de medio oriente en un ambiente bastante klezmer pintado por el lenguaje de tonos a lo Steve Reich de los últimos tiempos de Metheny. La melodía principal es muy interesante ya que parece un espiral interminable gracias a su carencia de pausas. Cuando empieza la parte de improvisación nos encontramos con el efecto de guitarra más conocido de Metheny. Aunque ha tenido varias caras en su instrumento, las 2 más conocidas son la limpia de timbre opaco bien jazzero y el de esta canción. Lo más interesante de este tema son la cantidad de detalles que decoran la melodía principal, además del acompañamiento que, unido a lo anterior, forma un contrapunto de laberinto. La gema está en el final con la participación de una guitarra eléctrica con un efecto que logra un grito destructivo.

“Sariel” nos transporta a un ambiente desértico cargado de detalles por el arsenal guitarrístico de la canción. Es muy interesante el ambiente imponente y gigante que se logra en la 1era sección, con una manada de guitarras rasgueadas acompañadas de solos destellantes, y el ambiente tranquilo y meditativo que le continúa, con un contrapunto lento de esas guitarras.

“Phanuel” es la canción más tranquila del disco. Es la guitarra acústica quien tiene la voz principal durante el transcurso del tema, tanto en la parte de acompañamiento como en la solista. Sin embargo, nos encontramos con teclados y acordiones delirantes y experimentales en la 1er sección del tema y una percusión más que nada de platillos en la 2da, la cual no llega a marcarnos el pulso y ritmo, ayudando a mantener ese ambiente tranquilo y flotante durante la duración total. Es un tema muy contemplativo y reflexivo.

“Hurmiz” cierra el disco con el lado experimental de Metheny. Desde un principio nos encontramos con un piano tonal pero totalmente loco y caricaturesco que resuena mucho a las piezas de Erik Satie. Pero lo interesante es que a los pocos segundos aparece Antonio Sánchez con un interminable e increíble solo de batería, demostrando que este hombre trasciende el lenguaje de jazz y puede llegar a niveles de experimentalismo increíble. Más llamativo aún son los planos del tema, ya que, por más que el piano sea el único instrumento melódico, debido a su repetición y poca variabilidad y por ende carencia de factor sorpresa, este se encuentra en un segundo plano y es la percusión que nos mantiene atentos constantemente.

Algo que sucede en cada canción excepto en “Tharsis” y “Hurmiz”, es que cierran con una coda que generalmente va hacia un lado más experimental y de improvisación libre, como si de a poco nos fueran anunciando el final del disco. En el 1er tema nos encontramos con una especie de remix desenfrenante de un solo de la guitarra que cierra el tema. En el 2do con un pasaje con enlaces de acordes inconexos, dejando un ambiente impresionista cargado de duda.  “Sariel” cierra con una improvisación libre entre una guitarra super distorsionada y chillante y la batería de Antonio Sánchez.  Finalmente “Phanuel” cierra con una coda oscura y grave dejando una sensación apocalíptica. Es verdad que estas codas poco tienen que ver con lo que les precedía y en cierto modo no tienen sentido alguno, o sea, no tienen mucha razón de ser en el discurso de cada canción. Sin embargo, están muy bien logradas y tienen gran valor. Tal vez es una intención de ruptura descontextualizada que de alguna forma borra todo lo escuchado previamente, como una limpieza sonora, y así empezar el siguiente tema con los oídos en un estado neutro.

“Tap” está cargado de detalles. Aunque obviamente hay 2 planos, el melódico y el acompañamiento, uno puede desmantelar el 2do y notar pequeños detalles, tanto percusivos como melódicos, que le dan color y vida a toda esta música. No hay ninguna canción que sea simplemente 3-4 instrumentos. En todas hay un arsenal instrumental en un estilo minimalista que hace que la carga de instrumentos no vaya para el lado de un contrapunto inmenso y así una decena de voces al mismo tiempo, sino por un lado más tímbrico. Muchos instrumentos hacen lo mismo o algo muy parecido y lo que se escucha no son 2 instrumentos, sino la sumatoria que crea un timbre rico, complejo y diferente.

Una vez más, John Zorn demuestra que no tiene nada que envidiarle como compositor a ninguno de los más reconocidos, ya que su abanico musical es tan grande que no hay tiempo ni palabras para clasificar cada uno de los estilos que lo conforman. Es un hombre con ideas originales y bien desarrolladas, tanto en un nivel más tradicional por el lado melódico y armónico como por el lado conceptual trayendo ideas y propuestas típicas de la música clásico-contemporánea de la post-guerra del siglo XX.

Pero más que nada, se evidencia nuevamente que el mundo de Pat Metheny es inmenso y en constante expansión. Es un hombre que suma y no remplaza. Podemos escuchar influencias y sonidos del pasado, detalles e ideas que ha utilizado previamente. Pero estas son reformuladas y adaptadas a este nuevo contexto y surgen combinaciones que no habían aparecido antes. A su vez, hay una suma, ya que se trata de música hecha por otra persona de otra rama musical.

El resultado de “Tap: John Zorn’s Book of Angels, Vol.20” es algo bastante único y es una nueva rama en la música de Metheny, demostrando una vez más que este artista siempre se mantiene vivo y en constante cambio, en constante evolución.




Aquí les dejo un link para que puedan escucharlo online: http://grooveshark.com/#!/album/Tap+Book+Of+Angels+Volume+20/8955182




HASTA LA PRÓXIMA SEMANA!!!